El Santuario y sus raíces
07/03/2010 08:23:30
El Santuario (El Santuariano)

Por Tulio Mario Cuervo Hoyos

Secretario general del Centro de Historia de El Santuario,
Miembro del Centro de Historia de Envigado.
 
Aunque hubiesen transcurrido ya más de 25 años sobre el día, de 1664, en que Fray Miguel de Castro arrojó sus redes, como pescador de almas, al valle, casi que precolombino entonces, de San José de la Marinilla, no parecían subsistir en esas vastedades, como indicios de la presencia hispánica, sino las huellas descalzas, las huellas andariegas del misionero. Pero en 1690 entraron al altiplano, para radicarse en él, los esposos Don Francisco Manzueto Giraldo Pareja y Doña Sabina Muñoz de Bonilla y Alarcón, vecinos antes de Santiago de Arma; y Don Juan Duque de Estrada y Doña Juana Josefa de Heredia y Ramírez de Coy, los cuales venían de Mariquita. Otros llegarían después, también de claros linajes y decididos como aquellos, a fijar entre esas breñas sus techos y sus lechos. A vivir y a multiplicarse según la regla de Dios, bajo esos aires de interminable hermosura.
 
El caserío, que sugería como por ensalmo de la selva despejada con las hachas de la colonización, fue largamente viceparroquia de santiago de arma, aunque se vinculo civil rigiese con la ciudad de nuestra señora de los remedios –(Remedios en la actualidad)- la cual, por su parte, dependía de Mariquita.
 
Durante los sesenta años posteriores a su origen, a su fundación, es decir hasta el 18 de febrero de 1751, la aldea conservo su condición de viceparroqial.
 
El bachiller Fray José Correa y Soto, cura de Rionegro, la visito cada domingo y en los feriados para asistir espiritualmente a la grey. Y ese 18 de febrero acabo de mencionar fue ascendida a parroquia por el ilustrísimo señor Francisco José de Figueredo y Victoria, obispo de Popayán, a cuya jurisdicción diocesana pertenecía. Faltaba, empero, la creación por la autoridad civil, formalidad que tuvo efecto el 31 de Enero de 1752 bajo gobierno virreinal de don José Alfonso de Pizarro, Marqués de Villar.
 
Y cuando el 4 de Junio e 1756 el Virrey Don José Solis Folch de Cardona segregó a Marinilla de la provincia de Mariquita y la incorporó a la Antioquia, El Santuario, uno de sus partidos, uno de sus corregimientos, de sus pedanías en ese tiempo, continuó con esa calidad.
 
Diez años adelante, concretamente el 13 de Diciembre de 1766, el Doctor Fabián Sebastián Jiménez y Fajardo, primer párroco de Marinilla, bendijo la que fuera en El Santuario su primera capilla, consagrada al culto de Nuestra Señora de Chiquinquirá y ofició en ella la Misa inaugural.
 
Que el lugar antedicho aparezca ungido por el óleo popular con el nombre El Santuario -que vale, en el sentido que vamos a tomarlo, por la g”uaca" los quechuas o la "guaca" de nuestros campesinos bien podría deberse, entre otras causas, hasta ahora desconocidas, a que en alguna o algunas excavaciones funerarias se extrajeron pruebas del asentamiento indígena que había en esos contornos, tanto como de su alfarería, no por cierto rudimentaria.
 
La zona así bautizada corresponde al ángulo que se forma por la confluencia de los riachuelos Bodegas y Marinilla, donde nuestro fundador Don Antonio Gómez de Castro y Melán de Betancourt, ya en olvido de sus prebenda notoriedades como capitán del Rey, hubo de abrirse paso a machete limpio como cualquier talador corriente, hasta convertir en su casa y en sus huertos las espesuras y lodazales que a él y a los suyos se les asignaron en sucesión de su suegro, Don Domingo Jiménez y Fajardo. Ahí se le vio siempre de sol a sol, entregado sin melindres ni debilidades a su estancia sus labranzas. 
 
Dicho Don Antonio, mariano y pío hasta los tuétanos, fue quien tramitio y obtuvo a través de Don Juan Salvador Villa y Castañeda, visitador delegado, de la Diócesis de Popayán, la necesaria autorización eclesiástica pare establecimiento de la capilla, y quien la levantó a sus expensas y con propias manos laboriosas, tapia por tapia y teja por teja, hasta que 27 años después es decir, el 7 de Octubre de 1792, Don Ignacio, uno de sus 16 hijos la traspuso al sitio de nuestra plaza Mayor ocupado ahora por la iglesia Parroquial de El Santuario. La bendijo y ofició la Eucaristía en esa memorable ocasión el Presbítero prócer Don Jorge Ramón de Posada, Mauris.
 
En torno a la capilla ancestral se agrupaba el caserío como alrededor de un eje, a la par que el vecindario se hacía más denso por la incesante afluencia del patriciado marinillo, con el cual nos identifican la lealtad a Cristo, la sustancia evangélica de nuestras cenizas y el apego sin reblandecimientos, ni concesiones, a Colombia y a sus interés fundamentales.
 
Pero digamos algo sobre los Gómez de Castro:
 
A mediados del siglo XVII llegó soltero, de sus Españas, Don Cristóbal de tales apellidos y se sumó, en el acto, a los colonos del Valle de Aburra. Ahí desposó a Doña María Alvarez del Pino y de su unión con ella vino a la vida Don Bernardo, padre éste de Don José y de Don Antonio Gómez de Castro, los cuales contrajeron matrimonio en Marinilla, el 4 de Agosto de 1728 con las nobilísimas hermanas Doña Lucía y Doña Jerónima Jiménez Duque, respectivamente, cuyos hijos fueron 32, es decir 16 en cada casa.
 
En nuestro Oriente Antioqueño el capitán Gómez de Castro y su esposa fueron los primeros abuelos de los coroneles Anselmo Pineda Gómez y Vicente Gómez Arbeláez, oficiales a órdenes de Córdova y fundador, el primero, de la Biblioteca Nacional.
 
Y otros esclarecidos hombres de armas, muchos letrados, una vasta pléyade de sacerdotes y un Arzobispo además el Doctor Diego María Gómez, aparecen respondiendo por las excelencias, por los frutos de esta estirpe singular y procera como pocas.
 
Para resumir, El Santuario es hijo legítimo de la piedad de su fundador, debido a lo cual sus gentes oran todavía como él lo hiciera siempre, con la frente sudorosa y las manos encallecidas.
 
Iniciada apenas la segunda década del 1800, los santuarianos raizales, los de pura cepa, vale decir los terruñeros, se impusieron como consigna irrenunciable la de funcionar por sí mismos, tanto civil como eclesiásticamente, no empecé a la oposición, harto lógica por cierto, de la venerable: y muy venerada Ciudad Madre, pero sólo en 1830 Fray Mariano Garnica, obispo de Antioquia, tuvo a bien aceptarles que su vicepárroco, nombramiento que por primera vez recayó en la persona del Presbítero Nicolás Giraldo Zuluaga, fuera cura residente a partir de la designación. Y otros cinco años más pasarían antes de que se les permitiese la colocación y mantenimiento del Santísimo en su capilla fundacional, licencia que sólo en 1835 vino a concederles el Dr. José Miguel de la Calle, provisor general de la Diócesis.
 
En la aspiración separatista no hubo pausas, respiros de ninguna clase; y como la gota por fin cala la piedra, ello fue que el 26 de noviembre de 1838, sobre un decreto del Dr. Juan de la Cruz Gómez Plata, nuevo obispo Antioqueño y sobre el paralelo del Gobernador Provincial, Dr. Francisco Antonio Obregón, quedó constituido en regla el Distrito y Parroquia de El Santuario, o el Distrito Parroquial de El Santuario que es otra manera de decir lo mismo.
 
Loor, pues, al Padre Nicolás Giraldo Zuluaga nuestro primer cura de almas. Al primer Alcalde Don Francisco de Salazar. A Don Lorenzo Castaño nuestro primer Juez Municipal. Al primer maestro de nuestras Escuelas Don Felipe Ramírez Hoyos. Y de nuevo al párroco y a Don Nicolás Gómez y a Don Rafael de la Serna, quienes como nuestros primeros ediles abanderaron desde El concejo, nuestra marcha hacia el porvenir, con todas sus esperanza ayudadas por la colaboración de Dios.
 
IDIOSINCRASIA SANTUARIANA
EL autóctono santuariano se ha manifestado auténtico cristiano, cristianismo y el catolicismo heredado de sus antepasados peninsulares. Su fe no es de boca; es intensa y profunda y en igual proporción es intensa y profunda su esperanza. Con frecuencia sobreabunda en prácticas religiosas, prácticas que asi como son manifestaciones de fe, la retroalimentan y afirman. La imaginaría, así en retablos y óleos como en estatuas constituyó y aún constituye en los hogares tradicionales los primeros elementos de adorno. En las salas, alcobas y hasta en las cocinas se exhiben para veneración familiar. Las efigies del Sagrado Corazón, de la virgen Maria bajo todas las advocaciones, del Ángel Custodio, San José, San Francisco, San Ignacio, etc. etc. La imagen de Cristo ocupa preferencialmente la mesa o repisa junto a la cama. Las imágenes comprometen las actividades de los habitantes porque una lámpara sencilla o unas flores del jardín deben adornar es objeto de predilección o cuya fiesta u otra circunstancia lo colocan mas cerca del afecto familiar. Las novenas o rezos durante nueve días consecutivos en honor a cristo, sus Santos son una costumbre religiosa cordialmente en creyente santuariano. Se puede afirmar sin visos de exageración épocas no muy remotas el único folleto o libro impreso que , numerosas casas, principalmente campesinas, fue una noven, de novenas con el que se formaba un volumen de no despreciable grosor. Más aún, cuando el huésped ocasional, con prurito de intelectual para leer le entregaban ese fardo de novenas, el catecismo del si la familia era de avanzada, el libro de lecturas de M. Mantilla o algún cuento de Tomás Carrasquilla.
 
Nuestras abuelas recitaban de memoria después de haberlas leído innumerables veces, las novenas de las ánimas, al Corazón de Jesús y el trisagio a la santísima trinidad. El rezo del rosario fue permanente en los santuarianos.
 
Las fiestas sociales eran las religiosas. Toda la actividad alrededor de las conmemoraciones del santoral romano. D Enero hasta el 25 de Diciembre se establecía, hoy no es igual, un calendario de reuniones de toda la población en torno a las funciones litúrgicas. los campos se despoblaban al concurrir a la cabecera principal donde los Señores Curas parroquiales y sus coadjutores ponían la totalidad de su celo en ocupar íntegro el tiempo de sus parroquianos en la asistencias al templo. Así le restaban ocasión de reunirse en bares y cantinas que despectivamente denominaban "casas de perdición”.
 
En el contexto idiosincrasia del santuariano existe la compenetración con los valores religiosos tradicionales, lo que vemos en las manifestaciones o actos públicos llamados procesiones, cuando recorremos calles y parque con el sentimiento espiritual.
 
Heredero de los vascos y castellanos la tradición de una vivienda sencilla, con mucha luz y mucho aire, construidas de tapias y teja, frecuentemente en lugares prominentes, aunque no siempre con la prole numerosa de hogares santuarianos.
 
Al semicalificado o al artesano como el ebanista, el sastre , el zapatero, el constructor, el fotógrafo, el electricista acompaña con suma responsabilidad y en la obra deja el sello de eficiencia.
 
El santuario conoce, respeta y ama su cultura. Si en los primeros años se revela contra lo tradicional y se lanza aventurero en busca de modificar su propia conciencia, nunca rechaza lo ancestral que se perpetua en el como punto de referencia para cambiar lo superficial y conservar lo sustantivo y fundamental. Por eso todos los que salen, así obtengan ventajas profesionales, económicas o sentimentales fuera de su patria chica, regresan periódicamente para confrontar sus ideas adquiridas con la importan que sus antepasados imprimieron en su corazón y en su inteligencia.
 
Son fundamentos de la cultura de nuestro pueblo los legítimos valores morales, intelectuales y estéticos. Quizá al aprecio de los valores morales obedece la mínima proporción de ilegitimidad en los proles santuarianas y un extraordinario respeto a la mujer doncella y la madre honrada. Con igual energía rechaza el mendaz, el impostor, al usurero, como respeta su palabra y su promesa. Distingue al docto del simple locuaz y admira a quienes orientas su inteligencia al cultivo de las letras y las artes, mas bien a la y al dinero
 
También es elemento de nuestra cultura, la ceremonia funeral y a través de ésta, el respeto por quien fallece. Por eso el santuariano manifiesta sentimiento de solidaridad a los dolientes, antaño haciéndose presente con una corona de pino fresco y hoy con las vistosas ofrendas florales y luego la asistencia a las preces familiares por el alma del difunto.
 
En fin, el santuariano le da un sentido espiritualmente a la existencia, marco dentro del cual se desenvuelve la trayectoria de su vida con utilidad para la familia que es verdadero hogar que lo vivifica como miembro cabeza y para su patria a la que considera extensión amplia de su raza.