Antonio Giraldo, un apasionado por la fotografĂ­a
01/02/2012
El Santuariano (El Santuariano)

Antonio Giraldo: pasión por la fotografía

Antonio Giraldo Zuluaga es un ejemplo de buen ciudadano y de un apasionado por la fotografía. Pocos conocen la tenacidad, la fortaleza ética, la disciplina, el amor al trabajo y su compromiso cívico que derrocha a su alrededor. Casado con la señora Amparo Arcila, con quien tiene cinco hijos: Ángela, Juan Pablo, Andrés, Gloria y Marcela.
 
Recuerda con afecto a sus, maestros Argemiro Zuluaga, Julio Argemiro Gómez, Ramón Zuluaga Mejía y Ramón Eusebio Gómez, entre otros. Pero su mayor remembranza es con el Padre Rodolfo Gómez Ramírez, a quien acompaño en muchas de sus actividades educativas y de beneficencia que emprendió.
 
Desde niño se sintió seducido por la fotografía. Sus primeras imágenes las captó en su época de estudiante.
Muy joven emigró se enroló en las filas de los santuarianos que se desplazaban a otras regiones del país a buscar un futuro para sí y para sus familias.
 
La primera estación la hizo en los algodonales del Valle de Cauca y Tolima y  en los cafetales del Quindío. 
Recuerda que llegaron cincuenta y que el capataz decía que “de ese pueblo de Santuario se vinieron todos  y que sólo quedaron dos guachimanes, y al día siguiente llegaron otros dos santuarianos al grupo con el propósito de coger algodón…”. “Nos vamos para arriba”, era la consigna de muchos jóvenes que veían en la decisión la manera de salir de la incertidumbre, y que los padres aceptaban entre complacidos y angustiados.
 
Luego llegó a la costa atlántica y se radicó por unos diez años en Aguachica, departamento del Cesar. “Allí logré realicé la universidad de la vida”, comenta.
 
No le sacó el cuerpo a nada. Aprendió a operar el tractor y a reparar maquinaria agrícola. Sirvió con lealtad y honradez a empresarios algodoneros como Carlos Trujillo, quien le encomendó el manejo administrativo de una de las grandes extensiones de algodón. “Fue tanta la confianza que disponía de la maquinaria y hacía los pagos”. Conocía como un agrónomo las plagas de la planta y muchas veces la fumigación aérea la realizaban con su diagnóstico y consejo. Sus vivencias brotan como la mejor cosecha de algodón y bien merecen conservarse en memoria de los santuarianos.
 
De vez en cuando venía a El Santuario,  nunca olvidaba su tierra natal. Una vez le preguntó un compañero porqué dedicaba parte del día a planear su futuro y le confesó lo que pensaba: “voy a dedicarme a la fotografía”. El compañero de las lides algodoneras no le creyó. “…le respondí: en dos o tres semanas me voy de aquí y regreso con una cámara colgada”, dice Antonio con entera convicción.
Así ocurrió. Regresó a Aguachica con la moda del telescopio. Una fotografía en positivo incrustada en un pequeño elemento plástico que simulaba un telescopio. “Ese invento causó furor. Todo el mundo quería tomarse la fotografía de telescopio”, anota.
No fue fácil iniciar. Antes de su regreso a Aguachica, tomó unas efímeras lecciones con un fotógrafo de Medellín. “Don Ramón Gómez , precisa, y añade “...rápidamente tomé dos rollos en los alrededores del parque de Berrío y los revelé. Don Ramón me dijo: usted sabe fotografía tiene muy buen ojo, usted ya sabe”.
 
Se armó de argumentos y paciencia y solicitó un crédito para su nueva empresa: cámara, dos o tres mil telescopios, líquidos de revelado y demás insumos. 
 
Meses después de su dedicación a la fotografía trasladó su negocio a El Santuario, a finales de los años sesenta.  De nuevo el furor por este “invento”. “Las novias, las quinceañeras, los jóvenes, los contertulios de las cantinas y cafés, todo el mundo quería el telescopio...”, dice Antonio con entusiasmo.
 
Luego llegó la fotografía de colores. Él tomo la primera  en El Santuario y eso causó novelería y admiración.
 
Poco a poco conquistó el cariño de la gente, por su responsabilidad, honradez y cumplimiento. A su esposa le gustó el oficio y desde hace veinte años lo acompaña en su actividad, igual que sus hijos a quienes les corresponde el trabajo digital y de video del Centro Fotográfico que concentra sus actividades profesionales y comerciales, detrás del templo de Nuestra Señora de Chiquinquirá.
 
Antonio Giraldo, el fotógrafo, fue vinculado a EL SANTUARIANO por iniciativa de los abogados Jesús María Gómez Duque y Alberto León Zuluaga, directores de la revista en los inicios de la década de los setenta. Desde entonces colabora, igual que su Centro Fotográfico y sus hijos, entre ellos Juan Pablo, quien es el subgerente y diseñador de la revista.
 
 El civismo y la solidaridad son sus principios éticos en los que fundamenta el servicio a los demás. Alienta y pertenece a diversas instituciones de carácter cívico, cultural y de beneficencia. Es un ciudadano admirable y a él le debemos gratitud los santuarianos porque con su fotografía conserva la memoria de los momentos vitales de nuestra existencia y porque ha puesto su oficio de fotógrafo al servicio de la comunidad.